Hoy tuve el privilegio de compartir un taller con maestras de preescolar sobre uno de los temas que más me apasiona y que más preguntas genera en quienes cuidan niños pequeños: la desregulación emocional. Decidí aprovechar la oportunidad para escribir algo que ayude a más personas, por eso te traigo algo de lo que compartí hoy.
Si alguna vez has visto a un niño pequeño en el piso de un supermercado, llorando sin consuelo, con el cuerpo rígido, incapaz de escucharte … ya conoces la desregulación. No es capricho. No es manipulación. Es un sistema nervioso y una mente incipiente desbordada, que todavía no sabe cómo sostenerse a sí mismo.
¿Qué significa realmente “regularse”?
Desde el psicoanálisis, cuando hablamos de regulación emocional, no hablamos simplemente de “calmarse”. Regular significa algo más profundo: que el psiquismo pueda ligar el afecto a una representación, es decir, que lo que se siente pueda encontrar una forma, un sentido, una palabra para expresar el malestar.
Un niño pequeño nace sin esa capacidad. Su psiquismo está en construcción. Su cuerpo es la primera sede y el primer escenario de todo lo que le pasa, incluso de aquello que lo desborda, presentándose como llanto, rigidez, mordeduras y golpes. Esto no es solo una conducta problemática; es la única forma de comunicar que tiene disponible. El primer lenguaje del niño es lo que puede transmitir con su cuerpo, pues las palabras llegan mucho tiempo después.
Winnicott, psicoanalista inglés, decía que la madre, o cualquier cuidador principal, funciona como un “yo auxiliar”: alguien que sostiene y procesa lo que el niño aún no puede procesar solo. Y es que antes de autorregularnos, nos co-regulamos. La autonomía emocional viene después, y se construye sobre esa historia de haber sido acompañado.
Cuando un niño vive una situación emocional que le transciende, que es muy intensa, nueva o extraña, vive una gran incertidumbre que rápidamente se convierte en tragedia. A los ojos de los adultos, no se entiende cómo algo “tan pequeño”, puede generar tanto malestar.
Pero, para el niño, no es pequeño. Es enorme, porque su psiquismo no tiene aún herramientas para entender ni contener lo que le sucede. No tiene una base de datos tan grande como la del adulto; por lo tanto, no sabe que una situación puede tener muchas salidas o respuestas.
Cómo entiendo la desregulación
La desregulación no llega de golpe. Tiene señales tempranas que, cuando aprendemos a leerlas, nos permiten intervenir antes del desborde:
- Señales tempranas: inquietud psimotriz (movimientos de manos y pies), buscar al cuidador con la mirada, pequeños llantos, cambios en el tono corporal, por ejemplo.
- Escalada: llanto intenso, rigidez corporal, agresividad, lanzar objetos.
- Desborde total (tormenta afectiva): el niño ya no puede escuchar ni procesar ningún estímulo. El sistema nervioso está saturado. Nada “entra”, solo hay descarga de la energía acumulada a través del cuerpo.
- Retorno y recuperación: tras el desborde viene el agotamiento. El niño necesita silencio, presencia sin demandas, reconexión tranquila. Puede pasar que luego del desborde, el niño se quede dormido.
En el desborde total, algo importante ocurre internamente: el yo pierde su función de síntesis. Los afectos dejan de tener sentido. Solo queda la descarga. Y en ese momento, la presencia del adulto es el único organizador posible.
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Sofía, 5 años. Un martes por la mañana. Sofía se despertó hace apenas veinte minutos cuando su mamá la apura: hay que vestirse rápido, desayunar rápido, salir rápido, tienen una cita. El cuerpo de Sofía todavía no terminó de despertar. Su psiquismo está apenas saliendo del sueño, sin haber tenido tiempo de hacer la transición suave que los niños pequeños necesitan para entrar en el mundo. Entonces llega la demanda: ¡ropa, zapatos, ya! Y Sofía explota. Se tira al suelo. Llora con una intensidad que parece desproporcionada. Patea. Dice “no quiero” sin poder explicar qué es exactamente lo que no quiere. Su mamá intenta razonar, luego amenaza, luego suplica. Nada funciona. El berrinche escala. Lo que está ocurriendo no es desafío ni manipulación. El psiquismo de Sofía fue sacado abruptamente de un estado de reposo y lanzado a una cadena de demandas sin transición ni preparación. La urgencia del adulto choca con la imposibilidad del yo de Sofía de procesar tantos cambios a la vez. La frustración desborda la mente de Sofía; entonces el cuerpo toma la palabra. Las señales estaban ahí desde el principio: la cara fruncida al despertar, el cuerpo pesado que no quería moverse, el monosílabo tenso al responder. Eran señales tempranas. Cuando no podemos leerlas a tiempo, porque también tenemos prisa, porque también somos humanos, el desborde llega. Y una vez que llegó, razonar ya no es la herramienta. Lo es el cuerpo tranquilo del adulto, la voz baja, la presencia sin urgencia. Después, cuando Sofía vuelva, se puede nombrar: “Fue muy difícil tener que salir tan rápido esta mañana, ¿verdad?” |
El adulto como regulador externo
Aquí está el corazón de lo que conversé hoy con las maestras, y es lo que quiero que tanto educadoras como familias entiendan:
La regulación no se enseña, ¡se vive en el vínculo!
Bion, psicoanalista británico, acuñó el concepto de rêverie para describir esa capacidad del cuidador de recibir lo indigerible del niño, procesarlo internamente y devolvérselo transformado en algo tolerable. No es magia.. es presencia. Es capacidad de estar sin desbordarse uno mismo. Es como si el adulto ejerciera una función de intérprete de las señales y los acontecimientos del mundo, en el idioma del niño.
¿Cómo se traduce eso en la práctica?
- Antes de hablar, estar. El cuerpo tranquilo del adulto regula el sistema nervioso del niño. Antes de cualquier palabra, la calma corporal del cuidador es la intervención. Una cara amable, un tono de voz suave y un cuerpo sin tensión da apertura a la mente intranquila del niño que vive el desborde.
- No razonar durante el desborde. Hablar con muchas palabras suma estimulación. Primero: calma. Después: palabras.
- Nombrar el afecto cuando haya retorno. “Estabas muy asustado cuando mamá se fue”. Poner en palabras lo que el niño vivió lo ayuda a construir una representación de su propia experiencia.
- Sostén sin fusión. Winnicott hablaba del holding: sostener emocionalmente sin perder el propio yo. El adulto no se hunde con el niño, lo acompaña desde un lugar de firmeza tranquila.
- Constancia y previsibilidad. Las rutinas no son solo organización. Psicoanalíticamente, son seguridad simbólica. El psiquismo temprano necesita repetición para poder anticipar y construir representación.
Lo que NO ayuda, aunque lo hagamos con buena intención
Este es quizás el punto más delicado, porque las respuestas que profundizan la angustia del niño suelen venir del deseo genuino de ayudar, pero a veces vienen de adultos que también están desregulados:
- “No llores / ya está” invalida el afecto. El niño aprende que su mundo interno no es legítimo. Esa es la semilla de lo que más adelante llamamos alexitimia: la dificultad para identificar y expresar emociones.
- Razonar en el desborde no funciona. No porque el niño “no quiera escuchar”, sino porque mentalmente no puede procesar en ese momento.
- El tono elevado o la amenaza activa el sistema de alarma del niño. La reacción escala, no disminuye.
- El aislamiento como castigo, dejarlo solo a que “se le pase”, es retraumatizante. El niño pequeño no tiene aún recursos para autorregularse en soledad.
- La comparación (“mira cómo el otro niño no llora”) fragmenta una identidad narcisista que todavía está muy lejos de ser sólida.
El adulto también necesita regularse
Es difícil dar lo que no experimentamos
Los padres y las maestras que estén en contacto con su propio mundo emocional estarán más disponibles para acompañar al niño en un momento de desborde.
Reconocer los propios disparadores emocionales, hacer una pausa consciente antes de responder, buscar espacios de reflexividad y sostén es parte del trabajo de cuidar. Justo esto fue lo que hicieron las maestras hoy cuando me pidieron el taller. ¡Muy bien por ellas!
Lo que más importa
La guardería, el preescolar, el salón de clases no son solo espacios de aprendizaje académico. Cuando el vínculo con el adulto es confiable, ese espacio se convierte en lo que Winnicott llamaba un ambiente facilitador, una extensión del hogar emocional del niño.
Cada vez que un adulto sostiene la angustia de un niño sin desbordarse, está contribuyendo, concretamente, a la construcción de su aparato psíquico. Cada reparación vincular, cada vez que el adulto comete un error y vuelve, nombra, reconecta, enseña que hay un interés genuino en entender, en conectar.
Las maestras de preescolar no son “solo maestras”. Son figuras de apego secundarias. Y eso, desde el psicoanálisis, es todo.
Si observas señales persistentes de desregulación en un niño, más allá de lo esperable para su etapa, no dudes en consultar con un profesional. Hay mucho que se puede hacer cuando se interviene temprano.

