La esperanza … Lo que sostiene cuando el mundo parece derrumbarse

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Recientemente, en el Primer Congreso Panameño Internacional de Psicoanálisis “Eros y Psicoanálisis: en la clínica, la técnica y la sociedad”, organizado por la Asociación Panameña de Psicoanálisis, una colega realizó un lindo análisis del mito de Pandora a partir de la obra “El paraíso de los niños”, escrita por Nathaniel Hawthorne.

Hoy quiero compartirlo tal como fue escrito, porque su detalle importa:

 

Hace muchísimo tiempo, cuando la tierra todavía era joven y parecía un lugar recién estrenado, vivía un niño llamado Epimeteo. No tenía padre ni madre, y para que no se sintiera solo enviaron desde un país lejano a otra niña que tampoco tenía familia. Se llamaba Pandora, y fue enviada para vivir con él, jugar a su lado y ser su compañera.

 

Cuando Pandora entró por primera vez en la cabaña donde vivía Epimeteo, lo primero que llamó su atención fue una gran caja. Apenas cruzó el umbral, su curiosidad se despertó, y casi de inmediato preguntó qué guardaba allí. Epimeteo le respondió que era un secreto, que la caja le había sido confiada para que la cuidara, y que ni siquiera él sabía lo que contenía. Pandora insistió en saber quién se la había dado y de dónde había venido, pero Epimeteo repitió que también eso era un secreto.

 

En aquellos días, el mundo era muy distinto al actual. No existían enfermedades, ni sufrimientos, ni preocupaciones. Los niños no necesitaban padres que los cuidaran, no había peligros ni tristezas. La tierra ofrecía frutos abundantes, flores frescas, juegos interminables. No existía el dolor ni el mal humor. Todo era risa y despreocupación. Sin embargo, en medio de esa perfección, la caja permanecía en la cabaña como una presencia silenciosa y misteriosa.

 

Pandora comenzó a obsesionarse con ella. Aunque intentaba distraerse recogiendo higos y uvas, o jugando al aire libre, siempre volvía su pensamiento a la caja. Se preguntaba qué podía haber dentro. A veces la miraba con desconfianza; otras, con fascinación. La examinaba como si fuera un objeto hermoso y extraño. La tapa estaba adornada con figuras delicadas y un rostro tallado en relieve que parecía casi vivo, con una expresión traviesa y persuasiva.

 

La caja no estaba cerrada con llave, sino atada con un nudo dorado muy intrincado, tan bien hecho que parecía no tener principio ni fin. Pandora se convencía a sí misma de que solo quería entender cómo estaba hecho el nudo, que no pretendía abrirla realmente. Pero mientras sus dedos tocaban la cuerda, su curiosidad crecía. Le parecía escuchar murmullos desde el interior, como si pequeñas voces la llamaran suavemente, pidiéndole que las dejara salir.

 

Epimeteo le había advertido muchas veces que no debía abrirla. Sin embargo, él también sentía curiosidad. Aunque la reprendía, no podía evitar preguntarse qué tesoro o maravilla podría esconderse dentro. Ambos eran niños, y en un mundo sin preocupaciones, la curiosidad se convirtió en su mayor inquietud.

 

Un día, cuando Epimeteo se fue a jugar con otros niños, Pandora se acercó a la caja con decisión. Intentó levantar la tapa; era pesada. La dejó caer, y le pareció oír algo moverse dentro. Mientras tanto Epimeteo sintió que quería regresar y traerle unas flores recogidas en el camino a Pandora.

 

El murmullo se hizo más claro. Las voces suplicaban que las liberara, prometiendo ser compañeras agradables. Pandora dudó, se reprendió, intentó resistirse. Pero mientras tocaba el nudo, casi sin darse cuenta, lo aflojó. La cuerda dorada se deshizo de manera inesperada, como si se hubiera soltado por sí sola.

 

Finalmente, incapaz de dominar su curiosidad, levantó la tapa.

 

En ese instante, una nube oscura pareció cubrir la cabaña. De la caja salió volando una multitud de pequeñas y horribles criaturas, aladas, con formas desagradables y aguijones en sus colas. Zumbaban como insectos, picaban con furia y se dispersaban en todas direcciones. Eran los Males: las enfermedades, los sufrimientos, las preocupaciones, la maldad, el dolor y todas las aflicciones que desde entonces han acompañado a la humanidad.

 

Epimeteo gritó al sentir las picaduras. Pandora también fue herida. El mundo cambió en un momento. Los niños que antes vivían sin tristeza comenzaron a sentir dolor por primera vez. La tierra, que había sido un paraíso luminoso, se vio ensombrecida. Desde entonces, los hombres y mujeres envejecen; las flores se marchitan; las lágrimas existen.

 

Desesperada, Pandora dejó caer la tapa y lloró amargamente, convencida de haber causado una calamidad irreparable. El zumbido de los males se alejaba, esparciéndose por el mundo.

Pero entonces, desde el interior de la caja, se oyó un suave golpecito. Una voz dulce pidió que la dejaran salir. Pandora, temerosa al principio, preguntó quién era. La voz respondió que no era como las otras criaturas, que no llevaba aguijones ni causaría daño.

Tras vacilar, Pandora volvió a levantar la tapa. Esta vez salió una pequeña figura luminosa, alegre y delicada. Donde pasaba, la luz parecía renovarse. Se acercó a Epimeteo y tocó el lugar donde había sido picado, y el dolor desapareció. Besó la frente de Pandora y también alivió su pena.

 

La figura se presentó: se llamaba Esperanza.

 

Explicó que había sido colocada en la caja para compensar los males que habían sido encerrados junto a ella. Aunque los sufrimientos ahora recorrerían el mundo, ella permanecería con los seres humanos. Prometió no abandonarlos jamás. Les aseguró que, aun en medio de las dificultades, siempre habría algo bueno y hermoso por descubrir. Les pidió que confiaran en su promesa.

 

Desde entonces, aunque los males siguen existiendo y vuelan por el mundo, la Esperanza acompaña a la humanidad. Es la que sostiene el corazón cuando llegan las pruebas, la que permite que el dolor no sea definitivo, la que ilumina incluso los días más oscuros.

Y así, en un mundo que ya no es el paraíso inocente del principio, la Esperanza quedó como el don más precioso que salió de aquella misteriosa caja.

 

Hasta aquí el mito.

Últimamente, lo he tenido en mente porque me parece que dice algo que la clínica (y la vida misma) confirma todos los días: la esperanza no es lo opuesto al dolor. Es lo que sobrevive en el dolor, en medio de la adversidad, y que sale de la misma caja que los males…

Václav Havel, el dramaturgo y expresidente checo, escribió una frase que me acompaña hoy más que nunca y la tomé de un seminario que trataba de observación de bebés en entornos difíciles:

“La esperanza no es la convicción de que algo saldrá bien sino de que ese algo tiene sentido.”

 

Por su parte, el escritor y pintor británico John Berger, decía que la esperanza puede perdurar sin ser una forma de garantía, sino más bien:

“Una fuerza vital que puede permitir a las personas enfrentar la aparente desesperación.”

 

Ambas frases describen, con matices distintos, lo mismo que el psicoanálisis lleva un siglo pensando: que la esperanza no depende del resultado. No es la certeza de que algo bueno va a suceder. Es la certeza de que, sea lo que suceda, habrá un sentido posible, un vínculo posible, un nosotros posible. Hoy, quiero profundizar en esto.

Viktor Frankl, psiquiatra vienés que logró sobrevivir a varios campos de concentración nazi, llegó a una conclusión  que dialoga de cerca con la postura de Havel: no eran los prisioneros más optimistas sobre su liberación quienes mejor resistían el horror cotidiano, sino aquellos que lograban sostener, sin ninguna certeza sobre el futuro, que su sufrimiento y su vida conservaban un sentido posible, un porqué que no dependía de que las cosas salieran bien.

De esa experiencia nació su convicción central: que al ser humano se le puede arrebatar casi todo, menos la libertad última de decidir qué actitud tomar frente a lo que le toca vivir. Frankl no era psicoanalista, pero su hallazgo confirma, desde otro lugar, lo mismo que venimos pensando: la esperanza no es la expectativa de un buen resultado, sino la capacidad de seguir encontrando o construyendo sentido incluso, y sobre todo, en medio de la devastación.

En su reformulación de la teoría pulsional, Freud,el padre del psicoanálisis, llegó a una idea que muchas veces se lee de manera demasiado biologicista, pero que en el fondo es profundamente emocional: la vida psíquica está atravesada por la tensión entre Eros, la pulsión de vida, que busca ligar, unir, construir totalidades cada vez más complejas a partir de elementos dispersos y Thánatos, la pulsión de muerte, que tiende a la desligadura, a la repetición sin elaboración ni cambio, al retorno a un estado sin tensión ni vínculo.

La esperanza, pensada psicoanalíticamente, es una de las expresiones clínicas más nobles del trabajo de Eros. No es pasividad ni ingenuidad: es el trabajo psíquico de seguir ligando representaciones, afectos y vínculos incluso cuando la experiencia empuja hacia la desorganización, el cese, el fin.

En su escrito “Duelo y melancolía”, Freud distinguió el duelo normal del duelo patológico. El duelo normal, aunque doloroso, es capaz de liberar y habilitar progresivamente la libido restante para investir nuevos objetos; en la melancolía, la libido queda atrapada con el objeto que se perdió, siendo incapaz de desplazarse hacia el futuro, perdiéndose también el yo.

Para explicarlo más claramente, en el duelo normal la persona que sobrevive a la pérdida, va de a poquito revistiendo de libido, de energía, de vida, otros objetos, actividades o personas que pueden servir de sustitutos ante lo perdido. En la melancolía, el objeto perdido se lleva también la libido del sobreviviente a la pérdida, por lo que también él fallece, se aleja del disfrute, dejando de vivir.

Un duelo normal conserva la capacidad de esperar, de investir de nuevo, progresivamente, de imaginar un objeto de amor o de sentido todavía por venir; la melancolía es, en el fondo, una suspensión de la esperanza: el yo empobrecido no puede proyectarse hacia adelante, en otras palabras, deja de aspirar a la vida.

Por otra parte, Melanie Klein, una psicoanalista que brindó imporantes reflexiones, aporta  a este punto, una pieza que me parece también fundamental. Para ella, alcanzar la posición depresiva, ese momento estructurante en que el niño puede reconocer que el objeto amado y el objeto que a veces lo frustra son la misma persona, no es solamente motivo de tristeza o de odio, sino la puerta de entrada a la capacidad de reparar.

La culpa depresiva, lejos de ser un peso, moviliza el deseo de restaurar el vínculo con el objeto dañado en la fantasía y ojalá, también en la realidad. La esperanza kleiniana, entonces no es ingenua: nace precisamente del reconocimiento de que hubo daño real o fantaseado, y de la confianza en la propia capacidad y en la del objeto para reparar, para volver a ligar o unir lo roto.

En Envidia y gratitud, Klein añade que la gratitud, cuando puede desarrollarse plenamente, es la que permite que la experiencia de un objeto bueno se internalice de manera estable, resistiendo los ataques envidiosos y las frustraciones inevitables. Sin una base mínima de gratitud hacia lo bueno recibido, la esperanza no tiene dónde anclarse. Es, en cierto modo, el sustrato afectivo que sostiene toda esperanza posterior: haber tenido, aunque sea en momentos breves, la experiencia de algo bueno que valió la pena.

¿Y qué queda en la caja?

 

Para los psicoanalistas, los males y la esperanza también vienen de la misma caja, porque son parte de la misma condición humana. No hay esperanza posible que niegue el dolor. La verdadera esperanza es la que se atreve a mirar de frente lo que ha temblado, lo que se ha roto, lo que ha dolido y aun así, insiste en ligar, en sostener, en reparar, en seguir imaginando un mañana posible.

Recientemente, atendí a un consultante venezolano que, antes de los dos terremotos ocurridos en junio de este año, ya había atravesado una situación de catástrofe natural en su país. Esta no era, entonces, su primera experiencia de pérdida y devastación. Me decía que en este momento le resultaba muy difícil imaginar que las cosas buenas fueran a llegar. Se refería a los múltiples comentarios que recibía de su entorno, diciéndole que sus pérdidas habían sido sobre todo materiales, que le pudo haber ido peor, que se recuperaría y que su negocio prosperaría nuevamente.

 

Y sin embargo, y es aquí donde algo distinto empezaba a asomarse, él, sobreviviente de una situación anterior en la que pensó que no saldría con vida, sabe algo que el discurso ajeno no necesita decirle: sabe que viene un después, que hay un por-venir. No porque alguien se lo asegure desde afuera, sino porque ya lo atravesó una vez. Haber sobrevivido a lo impensable le dejó, quizás sin saberlo del todo, una certeza muda de que después de la catástrofe algo continúa. “Me aferro a la idea de que si sobreviví, seguro tengo algo más que lograr, hoy solo agradezco que puedo estar aquí”.

 

Pude pescar en las palabras de mi consultante un atisbo de esperanza, todavía incipiente. Apenas una semilla, frágil. No hablamos aquí de una esperanza consolidada ni de una convicción plena, él mismo la vive con dificultad, poco a poco, de lo que habla es de lo que aún queda en su cajita, ese primer brote de esperanza que necesita, sobre todo, ser sostenido y acompañado, hasta que pueda germinar nuevamente, y que con suerte ayudará a sanar o a calmar algunas de sus heridas.

 

Como escribió Havel, no se trata de estar seguros de que todo saldrá bien. Se trata de sostener, con el corazón entero, que lo que estamos viviendo y lo que estamos construyendo juntos, en la consulta, en el vínculo, en Venezuela, tendrá sentido y valor. No es ingenuidad, no es aceptación incondicional o resignación, es resignificar lo que queda después del dolor.


En palabras de mi mentor, el Dr. Serapio Marcano «debemos tener la esperanza y agregaría la confianza en que la fuerza del amor es la que tendrá la posibilidad de administrar y transformar los ataques del odio destructivo que se activan al hacerse presente las inevitables frustraciones inherentes a la vida«.


Y eso, aunque tiemble la tierra, ya es mucho.