“Hay que tranquilizar a la torre”

Young boy focused on stacking wooden blocks to build a tower indoors.

Los días que siguen a un terremoto tienen, también en el consultorio, una atmósfera distinta. Los niños llegan diferentes. A veces no hablan del temblor directamente, pero algo del acontecimiento se desplaza a otros formas de comunicación: en una pregunta lateral sobre si el edificio se puede caer, en un dibujo que incluye una grieta, en un juego donde algo se construye con un cuidado excesivo o en repetir un movimiento para que nada se caiga de la mesa. Es desde ahí, desde el juego y el gesto, donde el psicoanálisis nos enseña a escuchar lo que aún no encuentra palabras en niños pequeños.

El rostro del adulto como primera tierra firme.

Mucho antes de que un niño pueda nombrar el miedo, ya lo lee. Sí, lo lee, y no me refiero a saber las vocales y consonantes, sino que lo traduce y entiende, a partir de observar el rostro de quien lo cuida. Winnicott, un psicoanalista inglés, lo transmitió al decir: el rostro de la madre es el primer espejo del bebé; o en mis palabras: los niños ven a través de los ojos de los padres. Antes de mirarse en un espejo, el niño se mira en los ojos de quien lo sostiene, y allí encuentra (o no) una imagen del mundo, de como es y como funciona. Cuando ese rostro está sereno, el mundo es habitable, amoroso, continente. Cuando ese rostro está tomado por la angustia el niño ve a su madre o a su padre tomado por el terror mismo, observa y siente entonces lo inseguro, peligroso y amenazante de la experiencia.

Por eso, cuando después del sismo decimos a un niño “tranquilo, no pasa nada, ya pasó”, y nuestro rostro contradice esas palabras, el niño no se queda con las palabras: se queda con el rostro. Los niños son intérpretes finísimos del inconsciente del adulto. Captan los temblores microscópicos del labio, la respiración entrecortada, la mano que se demora un segundo de más antes de soltarle e incluso el “ahora no te quedas solo en la casa, la abuela se vendrá unos días”, frase que en otro momento hubiese dicho una gran alegría. Ellos captas estas ambigüedades y construyen, con esos datos, una versión del peligro que muchas veces es más amplia que la realidad, porque la fantasía completa lo que la información no aporta.

Esto es importante: con lo dicho, no quero decir que siendo adultos hay que fingir: quiero decir que el niño no necesita un adulto sin miedo, sino un adulto que pueda nombrar su miedo y, aun así, seguir sosteniendose y sostiéndolo. Veamos un poco más esta cuestión.

Lo que se mueve por dentro

Hablando psicoanalíticamente, un terremoto es una irrupción abrupta, un estímulo que rompe el escudo protector del psiquismo, esa membrana que filtra y dosifica lo que el aparato mental puede tramitar. La tierra, el piso, que es lo que sostiene y se conoce como firme, se mueve. Para un adulto esto ya es desorganizador; para un niño, cuyo aparato mental está apenas constituyéndose, el impacto es aún mayor. Y ese impacto reactiva, sin pedir permiso y de forma automatica, capas mucho más arcaicas de miedos y ansiedades.

Desde la perpectiva kleiniana, el mundo interno del niño se ve sacudido. La ansiedad persecutoria (algo malo puede atacarme, destruirme) y la ansiedad depresiva (puedo perder o dañar al objeto que amo) se despiertan a la vez. La tierra que tiembla puede ser leída inconscientemente como un objeto persecutorio que se vuelve contra el niño y su familia, o como un objeto bueno que se derrumba y al que no se puede salvar. Las preguntas de los días siguientes: ¿y si la casa se cae?, ¿y si nos pasa a nosotros?, ¿y si yo me pierdo?,  no son solo preguntas sobre el mundo externo: son preguntas sobre la solidez del mundo interno, sobre si los objetos internos buenos resistirán o se desmoronarán.

A esto se suma la activación del sistema de apego que describió Bowlby, otro psicoanalista inglés. Frente al peligro, el niño busca proximidad, contacto, la voz familiar y el cuerpo conocido. No es regresión ni capricho: es la respuesta más sana posible. Es esperado que los niños quieran dormir con los padres o estén más vigilantes de sus movimientos. 

Ahora bien: cuando esa base segura está, ella misma, sacudida, cuando el rostro del adulto está tomado por el terror, el niño puede leer dos cosas distintas. Si el adulto, aun temblando, sigue disponible, el niño empieza a calmarse. Si el adulto está perdido en su propio miedo, el niño queda doblemente solo: solo ante el terremoto y solo ante la incontinencia del adulto. Esta segunda soledad suele ser más traumática que la primera.

En ese punto pueden activarse, sobre todo en niños muy pequeños, lo que Winnicott llamó las agonías primitivas: el miedo a caer indefinidamente, a desintegrarse, a perder la continuidad de existir. Estados sin nombre, anteriores a la palabra, que vuelven cuando el ambiente que sostenía falla. Lo que se mueve dentro del niño cuando ve terror puro en el rostro del adulto es, en el fondo, algo así: si quien me cuida no puede protegerme ni siquiera a sí mismo, entonces no hay refugio. La amenaza no es solo el sismo: es la fragilización fantaseada del objeto protector.

Una viñeta: “tranquila, tranquila”

En una sesión reciente, un niño venezolano eligió jugar Jenga. Y mientras movía las piezas y la torre de madera se movía, le hablaba diciéndome: “hay que tranquilizar a la torre… tranquila, tranquila”.

Esa torre era muchas cosas a la vez. Era el edificio que tembló. Era él mismo, conmovido y asustado. Era, quizá, la madre o el padre que vio aterrados, porque para tranquilizar  hay que haber visto antes que alguien necesita ser tranquilizado. Al calmar a la torre, el niño intentaba reparar un objeto interno amenazado, poniendo las piezas en su lugar, devolviéndole al objeto su estabilidad. En términos freudianos, un fort-da del temblor: como aquel nieto de Freud que lanzaba un carretel y lo recuperaba para transformar la ausencia en juego dominado, este niño le pasa el temblor a la torre y la calma. De sujeto pasivo de la sacudida, pasa a ser agente activo del consuelo.

Este niño sabe que soy venezolana, en ese momento pensé, quizás también me estaba calmando a mi.

Pero hay algo más, y es lo que me detiene. Para poder decirle a la torre “tranquila, tranquila”, el niño tuvo que tener internalizada esa voz. Alguien, alguna vez, le dijo a él “tranquilo, tranquilo”. Esa voz, el objeto bueno internalizado, el ambiente facilitador,  es lo que le permite no quedar desbordado ni aturdido por la experiencia.

El juego no solo elabora el trauma: con esto, el niño muestra que hay recursos internos disponibles para elaborar una situación traumática como los terremotos.

La torre tiembla, sí, pero hay quien sabe cómo tranquilizarla. Y ese alguien, ahora, es también él.

Una palabras para el después del terremoto

Después de un terremoto, el juego de los niños cambia. Construyen y derrumban. Hacen temblar muñecos. Inventan terremotos en miniatura. Tumban cosas y las vuelven a colocar en su sitio. Esto puede angustiar a los padres: “¿no será que está obsesionado con eso?”, “¿y será que se va a traumar?”, pero es exactamente lo contrario: es elaboración en curso. El niño necesita entender cada vez más puntos ciegos de su saber sobre lo ocurrido, por eso repite, repite, repite. Es una especie de indigestión mental buscando la calma.

Los niños lo leen todo, en el rostro, en el cuerpo, en la voz del adulto y lo elaboran como pueden: jugando, preguntando, dibujando, repitiendo.

“Hay que tranquilizar a la torre”, dijo el niño. Y al decirlo, mostró que algo en él ya se está reconstruyendo. No necesita que el adulto le esconda el temblor: necesita que el adulto esté ahí mientras la torre, una pieza tras otra, vuelve a sostenerse.